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“Cuando juzgamos a otro en realidad nos juzgamos a nosotros mismos” 

(pg 62 El Camino de Shirley MacLaine)

Veamos algunas razones de por qué esto es así:

  • Juzgar a otro significa verlo con los ojos de la mente y no con los del corazón. Supone decidir ver sólo el aspecto humano defectuoso del otro y no la esencia divina que le anima. Y al elegir ver esa parte del otro, nos será difícil ver la otra frente a un espejo.
  • Recordemos la cita de Tomlison: “No vemos las cosas como son, sino como somos”. Cuando estamos bien, el mundo nos resulta un lugar acogedor. Y por la misma razón, si sentimos que nos rodean personas negativas, ¿no será porque nos sentimos así?
  • A menudo, al juzgar estamos poniendo en práctica el mecanismo de proyección. Mediante este mecanismo de defensa, vemos en los demás aquello que no admitimos tener dentro. Recordemos algunos ejemplos cotidianos:

“Son muy tacaños, así que no pienso regalarles nada”.

“Son muy bordes. Paso de ellos”.

“Habla mucho y casi no me deja hablar”.

“No soporto a la gente intolerante”.

“No me comprende. No hay nada que hacer”.

 

  • En el momento en que nos erigimos en jueces de otros, admitimos que es aceptable juzgar. Y con ello, aceptamos ser juzgados por otros y por nosotros mismos.

¿Cuál sería entonces la solución? ¿No criticar nada de lo que está mal?

Parece algo imposible y hasta perjudicial. Puede que lo suyo sea intentar considerar el “pecado” que comete otro simplemente como un error que hace nuestro hijo pequeño en su aprendizaje.

Probablemente sea así como nos ve Dios…



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